KALAALLIT NUNAAT
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GROENLANDIA
CAMBIO CLIMATICO
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JUGANDO CON EL CRANEO DE UNA MORSA
JUGANDO CON EL CRANEO DE UNA MORSA


Cuando Erik el Rojo, hijo de Thorvald y padre de Leif, fue expulsado de Islandia por asesinar a su vecino (algo relacionado con una pala prestada), y pisó por primera vez el suelo del país de los inuit, miró el yermo helado que lo rodeaba y con una siniestra sonrisa en el rostro se dijo: “Llamaré a este lugar Grønland, la Tierra Verde”.

Así, el famoso explorador, pirata y embaucador vikingo creó uno de esos chistes históricos que perdura hasta nuestros días: las carcajadas de Erik cuando sus compatriotas llegaron para colonizar Groenlandia todavía resuenan en los fiordos, cuando las grietas de la banquisa crujen con el inminente deshielo, como el rugido de los osos polares al sentirse acorralados por esa fuerza de la naturaleza que es el hombre.

El espíritu de Raúl Moreno poco o nada tiene que ver con el terrible Erik Thorvaldsson, aunque algo tiene de saqueador: ha viajado hasta Kalaallit Nunaat, “Nuestra Tierra”, que es como los hombres del Círculo Polar llaman a ese país de las pieles, para robar algunas de las más bellas, inquietantes imágenes, de unos parajes que han inspirado a artistas y aventureros por igual desde hace más de mil años: Fue cerca de allí donde Víctor Frankenstein y su monstruosa creación terminaron sus días; las costas heladas de Groenlandia vieron el paso del Forward y su valeroso capitán, John Hatteras —fruto de la mente de Jules Verne—, al igual que sirvieron de guía y fuente de aprovisionamiento a los auténticos y verdaderos hombres que exploraron el Polo Norte años después...

Pues los retazos de Kalaallit Nunaat que nos ha traído Raúl Moreno nos muestran una realidad quebradiza, frágil como un espejo agrietado, repleta de criaturas salidas de un país de eterno invierno, y poblada por unos hombres —“los hombres verdaderos”, según ellos— de los que se llegó a decir que procedían de un misterioso mundo subterráneo, el mismo del que salieron las hadas de los mitos nórdicos, y quizá el mismo mundo de Pellucidar imaginado por Edgar Rice Burroughs o el Centrum Terrae de Verne.

Nos dice Raúl a través de sus imágenes que los inuit son gentes amables y seguramente preocupadas por los cambios que actualmente sufre su entorno y sus vidas. Y también afirma, a través de esa palabra no articulada que es la fotografía, que esa isla es mágica, como el enigmático origen de los hombres verdaderos. No hay más mirar las auroras boreales de la Tierra Verde que Raúl ha descuidado a sus verdaderos propietarios para comprender que las leyendas son tan reales como la vida misma, pues en esos siniestros resplandores verdes podemos entrever a los antepasados de los inuit, que juegan a una suerte de fútbol ancestral, de un extremo al otro del universo —o quizá tan sólo a 130.000 kilómetros de la Tierra—, con la calavera de un animal marino: las más elementales fuerzas electromagnéticas de la naturaleza se conjugan y entremezclan con la esencia de los hombres que vivieron. Y son patrimonio de los inuit.

Del mismo modo, la Historia Verdadera nos dice que el chamán debe bajar al fondo del mar para peinar a la diosa Sedna, cuyos cabellos se enredan, de tanto en cuanto, con los pecados y los excrementos de los hombres, y priva al pueblo inuit de sus recursos, de sus animales, de sus pieles, de su pesca... A veces, como ahora, Sedna no está contenta...

En las imágenes de Raúl, el sabio brujo tiene la forma de un niño inuit que espera pasar al otro lado de la puerta, que sonríe a la cámara, que nos mira desde allá lejos y sabe que lo estamos observando; la forma de un hombre que mira hacia arriba esperando ver una señal, o del anciano que, mientras fuma, aguarda el momento en que sus antepasados aparezcan en el cielo —suceda lo que suceda acá abajo, aunque los hielos se fundan y las tierras se inunden de una vez por todas— para seguir jugando eternamente con el cráneo de una morsa.


Alberto López Aroca

EL PAIS DE LAS SOMBRAS LARGAS